Hoy Uruguay vuelve a marchar en silencio. Y ese silencio, lejos de ser vacío, dice más que muchos discursos. Dice que todavía hay familias que no saben dónde están sus seres queridos. Dice que el paso del tiempo no borra las responsabilidades del terrorismo de Estado. Dice que la democracia no se defiende escondiendo archivos, relativizando crímenes o tratando la memoria como una molestia del pasado.
La 31ª Marcha del Silencio se realiza este miércoles 20 de mayo bajo una consigna que resume tres décadas de persistencia: “30 años marchando. Contra la impunidad de ayer y hoy. Exigimos respuestas. ¿Dónde están?”. La convocatoria vuelve a colocar en el centro de la vida pública el reclamo de Madres y Familiares de Uruguayos Detenidos Desaparecidos, que desde 1996 sostiene una pregunta que el Estado uruguayo todavía no respondió plenamente.
Las noticias de las últimas 48 horas muestran una verdad incómoda: la Marcha del Silencio no es un ritual congelado ni una fecha simbólica más. Es una interpelación viva. Alba González, integrante de Madres y Familiares, fue clara al advertir que “la verdad sigue incompleta” y que la orden del presidente Yamandú Orsi a las Fuerzas Armadas “no puede tener más dilaciones”. Esa frase debería quedar resonando en todos los niveles del Estado.
Porque no se trata solamente de recordar. Se trata de actuar. El negacionismo suele disfrazarse de cansancio, de falsa neutralidad o de supuesta necesidad de “mirar hacia adelante”. Pero ningún país mira hacia adelante enterrando preguntas. Ninguna democracia se fortalece aceptando que existan zonas oscuras protegidas por pactos de silencio. Ninguna institución republicana puede naturalizar que haya familias que mueran sin saber dónde están los restos de sus padres, madres, hijos o hermanos.
En ese sentido, las declaraciones del comandante en jefe del Ejército, Mario Stevenazzi, también forman parte del clima de estas horas. El jerarca afirmó que el Ejército “no esconde nada” y que mantiene contacto con la Institución Nacional de Derechos Humanos. Pero el problema no se resuelve con una declaración de buena voluntad. Si no hay nada que ocultar, entonces la apertura debe ser total, verificable y definitiva. La confianza pública no se reconstruye con frases: se reconstruye con archivos, documentos, nombres, responsabilidades y cooperación activa.
La Marcha del Silencio es, en definitiva, una demanda ética. No pertenece a un partido, aunque incomode más a algunos sectores que a otros. No es una marcha “contra” la democracia; es una marcha para que la democracia sea más completa. Por eso también importa que instituciones sociales, culturales y deportivas se pronuncien. En las últimas horas, Peñarol resolvió adherir a la causa impulsada por Madres y Familiares, una decisión que generó controversia interna, pero que confirma algo evidente: los derechos humanos no deberían ser una frontera partidaria ni estatutaria, sino un piso común de convivencia democrática.
El negacionismo busca exactamente lo contrario: convertir los crímenes del Estado en una opinión discutible, reducir la desaparición forzada a una polémica ideológica, cansar a la sociedad hasta que la pregunta “¿Dónde están?” parezca vieja. Pero esa pregunta no envejece. Lo que envejece es la excusa. Lo que envejece es la omisión. Lo que envejece es la comodidad de quienes prefieren hablar de reconciliación sin verdad.
También es significativo que el presidente Orsi haya elegido publicar un mensaje por el 20 de mayo, afirmando que “la memoria es raíz”. La frase es correcta, pero ahora el desafío es político e institucional: que esa memoria no quede reducida a gesto, video o presencia ceremonial. Si la memoria es raíz, entonces debe sostener decisiones concretas. La orden a las Fuerzas Armadas, como reclamó Familiares, no puede seguir esperando.
La Marcha del Silencio nació por los asesinatos de Zelmar Michelini, Héctor Gutiérrez Ruiz, Rosario Barredo y William Whitelaw Blanco en Buenos Aires, y por la desaparición forzada de Manuel Liberoff. Pero con los años se transformó en una de las expresiones civiles más poderosas del Uruguay democrático: una multitud caminando sin gritar para denunciar que todavía falta verdad.
Por eso, hoy marchar no es mirar atrás. Es negarse a vivir en un país donde el silencio de los responsables pese más que el dolor de las víctimas. Es defender una idea simple y profunda: los desaparecidos no son una consigna, son personas; sus familias no piden revancha, piden justicia; y el Estado no puede elegir cuándo responder, porque su obligación empezó el mismo día en que decidió fallarles.
Esta noche, el silencio volverá a ocupar 18 de Julio. Y cada paso será una respuesta al negacionismo. Una respuesta sin estridencias, pero firme. Una respuesta colectiva, democrática y necesaria.
Porque mientras falte verdad, la marcha seguirá teniendo sentido.
Porque mientras haya impunidad, la memoria será una forma de resistencia.
Porque mientras no sepamos dónde están, Uruguay no puede decir que cerró esa herida.

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